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Era la plaga que cría,
la devorante sequía
para estrago y confusión:
de la chispa de una hoguera,
que llevó el viento ligera,
nació grande, cundió fiera
la terrible quemazón.
Ardiendo, sus ojos
relucen, chispean;
en rubios manojos
sus crines ondean,
flameando también:
la tierra gimiendo,
los brutos rugiendo,
los hombres huyendo,
confusos la ven.
Sutil se difunde,
camina, se mueve,
penetra, se infunde;
cuanto toca, en breve,
reduce a tizón.
Ella era; y pastales,
densos pajonales,
cardos y animales,
ceniza, humo son.
Raudal vomitando
venía la llama,
que hirviendo, silbando
se enrosca y derrama
con velocidad.
Sentada María
con su Brián la veía
"-¡ Dios mío!- decía,
de nos ten piedad."
Piedad María imploraba,
y piedad necesitaba
de potencia celestial.
Brián caminar no podía,
y la quemazón cundía
por el vasto pajonal.
Allí pábulo encontrando,
como culebra serpeando,
velozmente caminó;
y agitando, desbocada,
su crin de fuego erizada
gigante cuerpo tomó.
Lodo, paja, restos viles
de animales y reptiles
quema el fuego vencedor,
que el viento iracundo atiza;
vuelan el humo y ceniza,
y el inflamado vapor,
al lugar donde, pasmados,
los cautivos desdichados,
con despavoridos ojos,
están, su hervidero oyendo,
y las llamaradas viendo
subir en penachos rojos.
No hay cómo huir, no hay cfug
esperanza ni refugio;
¿dónde auxilio encontrarán?
Postrado Brián yace inmoble
como el orgulloso roble
que derribo el huracán.
Para ellos no existe el mundo.
Detrás, arroyo profundo
ancho se extiende, y delante,
formidable y horroroso,
alza la cresta furioso
mar de fuego devorante.
"-Huye presto- Brián decía
con voz débil a María,-
déjame solo morir;
este lugar es un horno:
huye: ¿no miras en torno
vapor cárdeno subir?"
Ella calla, o le responde:
"-Dios, largo tiempo no esconde
su divina protección.
¿Crees tu nos haya olvidado?
Salvar tu vida ha jurado
o morir, mi corazón."
Pero del cielo era juicio
que en tan horrendo suplicio
no debían perecer;
y que otra vez cíe la muerte
inexorable, amor fuerte
triunfase, amor de mujer.
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