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| BALNEARIO LA LUCILA DEL MAR |
TELEDISCADO - 02257
| UNIDAD SANITARIA |
462305 |
| POLICIA (911) |
462107 |
| DELEGACION MUNICIPAL |
462380 |
| TERMINAL MICROS |
462196 |
| RADIO FM OCEANO 102.7 |
462862 |
| INFO.TURISTICA |
462380 |
Radioaficion
MAR DEL TUYU
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El balneario La Lucila del Mar data del año 1954 en que se inicio la venta de 776 lotes, linda al norte con el Monte Duhau (donde se encuentra emplazado el Castillo Duhau, que se divisa desde la playa) que la separa del balneario Aguas Verdes, y al sur con el balneario Costa Azul - calle Belgrano.
Cuenta con acceso desde la Ruta Interbalnearia - calle Salta -
Se encuentra ubicado a 352 Km. de la Capital Federal. Limita al este con el Mar Argentino, al oeste con el Partido de General Lavalle, al sur con Costa azul, y al norte con Aguas Verdes. Su forma de llegar es a través de la Ruta Interbalnearia.
Historia de la fundación Remontémoslo al año 1954, cuando una publicación de una importante firma inmobiliaria daba a conocer la venta de 776 grandes lotes frente al mar, lo que prometía un nuevo centro de población de verdadera jerarquía. Lentamente, y a pesar de las dificultades que se cruzaban al paso de todos aquellos que deseaban llegar a éstas playas, ese centro se fue formando hasta convertirse en la villa distinguida y apacible que es hoy.
Como todos los balnearios de esta porción del partido, mantiene las mismas características en sus playas, de finas arenas y aguas cálidas, pero tiene una particularidad que la define: Sus casas y chalets con amplios jardines, la edificación de una línea moderna clásica que hace un todo digno de admirar.
Las playas Posee playas rectas con un ancho de 50 a 80 mts: ideal para el sano esparcimiento, baño de sol, prácticas de distintos deportes, como voley, pelota, paleta, tejo, etc. ya que sus dimensiones lo permite. Posee cordón dunero de 4 mts. de altura, están fijados con frondosos tamariscos, los que proveen a estas magnificas playas de una reparadora sombra. La arena es fina de origen calcáreo y conchillas. La marea alta llega hasta las dunas y deja un ancho de 30 mts. de playa húmeda. Posee también varios balnearios y muelle de pesca. fue construido por Andrés Zapaterio, luego que se realizara el loteo original de LA LUCILA DEL MAR, posteriormente se pidió a Prefectura Naval Argentina la
concesión para mantenerlo a través de un bono contribución. Puede albergar a 3000 personas a la vez, esta abierto las 24 Hs. durante todo el año, para ello se instrumentó un sistema de guardias, aprovechando así esta fuente de ingresos para hacer obras.
El largo de éste muelle es de 100 mts., con un largo de 4 mts,. la dimensión del morro es de 10 x 20 mts. La altura es variable de 4 a 6 mts. Está construido en madera dura (Curupay Paraguayo). Posee iluminación, baños, alquiler de mediomundos, cañas de pescar, carnada, posee también un pequeño refugio, bar, confitería.
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ESTEBAN ECHEVERRIA - LA CAUTIVA -
Fue el primer poeta romantico en la argentina e inicia la descripcion viva de las costumbres de nuestro pais . Nacio en Buenos Aires el 2 de septiembre de 1805 y murio en Montevideo el 20 de enero de 1851. |
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PARTE NOVENA |
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MARÍA
¿Qué hará María? En la tierra
ya no se arraiga su vida.
¿Dónde irá? Su pecho encierra
tan honda y vivaz herida,
tanta congoja y pasión;
que para ella es infecundo
todo consuelo del mundo,
burla horrible su contento;
su compasión un tormento;
su sonrisa una irrisión.
¿Qué le importan los placeres,
su bullicio y vana gloria,
si ella entre todos los seres,
como desechada escoria,
lejos, olvidada está?
¿En qué corazón humano,
en qué limite del orbe,
el tesoro soberano,
que sus potencias absorbe,
ya perdido encontrará?
Nace del sol la luz pura,
y una fresca sepultura
encuentra: lecho postrero,
que al cadáver del guerrero
preparó el más fino amor.
Sobre ella hincada María,
muda como estatua fría,
inclinada la cabeza,
semejaba a la Tristeza
embebida en su dolor.
Sus cabellos renegridos
caen por los hombros tendidos,
y sombrean de su frente,
su cuello y rostro inocente,
la nevada palidez.
No suspira allí, ni llora;
pero, como ángel que implora,
para miserias del suelo
una mirada del cielo,
hace esta sencilla prez:
-"Ya en la tierra no existe
el poderoso brazo,
donde hallaba regazo
mi enamorada sien:
Tú, ¡oh Dios! no permitiste
que mi amor lo salvase.
quisiste que volase
donde florece el bien. |
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Abre, Señor, a su alma
tu seno regalado,
del bienaventurado,
reciba el galardón.
Encuentre allí la calma,
encuentre allí la dicha,
que busca en su desdicha,
mi viudo corazón.-"
Dice: un punto su sentido
queda como sumergido.
Echa la postrer mirada
sobre la tumba callada
donde toda su alma está.
Mirada llena de vida;
pero lánguida, abatida
como la última vislumbre
de la agonizante lumbre,
falta de alimento ya.
Y alza luego la rodilla,
y tomando por la orilla
del arroyo hacia el ocaso,
con indiferente paso,
se encamina al parecer.
Pronto sale de aquel monte
de paja, y mira adelante
ilimitado horizonte,
llanura y cielo brillante,
desierto y campo doquier.
¡Oh, noche! ¡Oh, fúlgida estrella,
luna solitaria y bella:
sed benignas! El indicio
de vuestro influjo propicio
siquiera una vez mostrad.
Bochornos, cálidos vientos,
inconstantes elementos
preñados de temporales,
apiadaos; fieras fatales,
su desdicha respetad.
Y tú, ¡oh Dios!, en cuyas manos
de los míseros humanos
está el oculto destino,
siquiera un rayo divino
haz a su esperanza ver.
Vacilar de alma sencilla,
que resignada se humilla,
no hagas la fe acrisolada;
susténtala en su jornada,
no la dejes perecer.
¡Adiós, pajonal funesto!
¡Adiós, pajonal amigo!
Se va ella sola. ¡Cuan presto
de su júbilo, testigo,
y su luto fuiste vos!
El sol y la llama impía
marchitaron tu ufanía;
pero hoy tumba de un soldado
eres, y asilo sagrado.
¡Pajonal glorioso, adiós!
Gózate; ya no se anidan
en ti las aves parleras,
ni tu agua y sombra convidan
sólo a los brutos y fieras:
soberbio debes estar.
El valor y la hermosura,
ligados por la ternura,
en ti hallaron refrigerio:
de su infortunio el misterio
tú solo puedes contar.
Gózate; votos, ni ardores
de felices amadores,
tu esquividad no turbaron
sino voces que confiaron
a tu silencio su mal.
En la noche tenebrosa,
con los ásperos graznidos
de la legión ominosa,
oirás ayes y gemidos:
¡adiós, triste pajonal!
De ti María se aleja,
y en tus soledades deja
toda su alma. Agradecido,
el depósito querido
guarda y conserva. Quizá
mano generosa y pía
venga a pedírtelo un día;
quizá la viva palabra
un monumento le labra
que el tiempo respetará. |
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Día y noche ella camina;
y la estrella matutina,
caminando solitaria,
sin articular plegaria,
sin descansar ni dormir,
la ve. En su planta desnuda
brota la sangre y chorrea;
pero toda ella, sin duda,
va absorta en la única idea
que alimenta su vivir.
En ella encuentra sustento.
Su garganta es viva fragua;
un volcán su pensamiento;
pero mar de hielo y agua
refrigerio inútil es
para el incendio que abriga.
Insensible a la fatiga;
a cuanto ve indiferente;
como mísera demente
mueve sus heridos pies
por el desierto. Adormida
está su orgánica vida;
pero la vida de su alma
fomenta en sí aquella calma
que sigue a la tempestad,
cuando el ánimo cansado
del afán violento y duro,
al parecer resignado,
se abisma en el fondo obscuro
de su propia soledad.
Tremebundo precipicio,
fiebre lenta y devorante,
último efugio, suplicio
del infierno, semejante
a la postrer convulsión
de la víctima en tormento:
trance que si dura un día
anonada el pensamiento,
encanece, o deja fría
la sangre en el corazón.
Dos soles pasan. ¿Adonde
tu poder, ¡oh Dios!, se esconded
¿Está, por ventura, exhausto?
¿Más dolor en holocausto
pide a una flaca mujer?
No; de la quieta llanura
ya se remonta a la altura
gritando el yajá. Camina;
oye la voz peregrina
que te viene a socorrer.
¡Oh, ave de la pampa hermosa,
cómo te meces ufana!
Reina, si, reina orgullosa
eres, pero no tirana
como el águila fatal.
Tuyo es también del espacio
el transparente palacio.
Si ella en las rocas se anida,
tú en la esquivez escondida
de algún vasto pajonal.
De la víctima el gemido,
el huracán y el tronido
ella busca, y deleite halla
en los campos de batalla.
Pero tú, la tempestad,
día y noche vigilante,
anuncias al gaucho errante;
tu grito es de buen presagio,
al que acechanza o naufragio
teme de la adversidad.
Oye sonar en la esfera
la voz del ave agorera;
oye, María, infelice:
alerta, alerta, te dice;
aquí está tu salvación.
¿No la ves cómo en el aire
balancea con donaire
su cuerpo albo-ceniciento?
¿No escuchas su ronco acento?
Corre a calmar tu aflicción.
Pero nada ella divisa,
ni el feliz reclamo escucha;
y caminando va aprisa.
El demonio con que lucha
la turba, impele y amaga.
Turbios, confusos y rojos
se presentan a sus ojos
cielo, espacio, sol, verdura,
quieta insondable llanura
donde sin brújula vaga. |
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Mas, ¡ah!, que en vivos corceles
un grupo de hombres armados
se acerca. ¿Serán infieles,
enemigos? No, soldados
son del desdichado Brián.
Llegan; su vista se pasma;
ya no es la mujer hermosa,
sino pálido fantasma;
mas reconocen la esposa
de su fuerte capitán.
¡Creíanla cautiva o muerta!
Grande fue su regocijo.
Ella los mira, y despierta:
-"¿No sabéis qué es de mi hijo?"-
con toda el alma exclamó.
Tristes mirando a María
todos el labio sellaron.
Mas luego una voz impía:
-"Los indios lo degollaron"-
roncamente articuló.
Y al oír tan crudo acento,
como quiebra el seco tallo
el menor soplo de viento,
o como herida del rayo,
cayó la infeliz allí.
Viéronla caer, turbados
los animosos soldados.
Una lágrima le dieron;
y funerales le hicieron
dignos de contarse aquí.
Aquella trama formada
de la hebra más delicada,
cuyo espíritu robusto
lo más acerbo e injusto
de la adversidad probó,
un soplo débil deshizo.
Dios para amar, sin duda, hizo
un corazón tan sensible;
palpitar le fue imposible
cuando a quien amar no halló.
Murió María. ¡Oh, voz fiera!
¡Cuál entraña te abortara!
Mover al tigre pudiera
su vista sola, y no hallara
en ti alguna compasión,
tanta miseria y conflito
ni aquel su materno grito;
y como flecha saliste,
y en lo más profundo heriste
su anhelante corazón.
Embates y oscilaciones
de un mar de tribulaciones
ella arrostró; y la agonía
saboreó su fantasía;
y el punzante frenesí
de la esperanza insaciable
que en pos de un deseo vuela,
no alcanza el blanco inefable;
se irrita en vano y desvela;
vuelve a devorarse a sí.
Una a una, todas bellas,
sus ilusiones volaron,
y sus deseos con ellas.
Sola y triste la dejaron
sufrir hasta enloquecer.
Quedaba a su desventura
un amor, una esperanza,
un astro en la noche obscura,
un destello de bonanza,
un corazón que querer.
Una voz cuya armonía
adormecerla podría;
a su llorar un testigo,
a su miseria un abrigo,
a sus ojos qué mirar.
Quedaba a su amor desnudo
un hijo, un vastago tierno.
Encontrarlo aquí no pudo,
y su alma al regazo eterno
lo fue volando a buscar.
Murió: por siempre cerrados
están sus ojos cansados
de errar por llanura y cielo,
de sufrir tanto desvelo,
de afanar sin conseguir.
El atractivo está yerto
de su mirar. Ya el desierto,
su último asilo, los rastros
de tan hechiceros astros
no verá otra vez lucir.
Pero de ella aún hay vestigio
¿No veis el raro prodigio?
Sobre su candida frente
aparece suavemente
un prestigio encantador.
Su boca y tersa mejilla
rosada entre nieve brilla,
y revive en su semblante
la frescura rozagante
que marchitara el dolor.
La muerte bella la quiso
y estampó en su rostro hermoso
aquel inefable hechizo,
inalterable reposo,
y sonrisa angelical,
que destellan las facciones
de una virgen en su lecho;
cuando las tristes pasiones
no han ajado de su pecho
la pura flor virginal.
Entonces el que la viera,
dormida, ¡oh Dios!, la creyera;
deleitándose en el sueño
con memorias de su dueño,
llenas de felicidad.
Soñando en la alba lucida
del banquete de la vida
que sonríe a su amor puro,
mas ¡ay! en el seno obscuro
duerme de la eternidad. |
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