Para tenerlo a la mano
el flete en el pasto até,
la cincha le acomodé,
y en un trance como aquél,
haciendo espaldas en él
quietito los aguardé.
Cuanto cerca los sentí
y que ay nomás se pararon,
los pelos se me erizaron,
y aunque nada vían mis ojos
—«no se han de morir de antojo
les dije cuando llegaron.
Yo quise hacerles saber
que allí se hallaba un varón;
les conocí la intención,
y solamente por eso
es que les gané el tirón,
sin aguardar voz de preso.
—«Vos sos un gaucho matrero»
—dijo uno, haciéndose el güeno-
«Vos matastes un moreno
y otro en una pulpería,
y aquí está la polecía,
que viene a justar tus cuentas,
te va a alzar por las cuarenta
si te resistís hoy día.»
—«No me vengan —contesté—
con relación de dijuntos;
ésos son otros asuntos;
vean si me pueden llevar,
que yo no me he de entregar
aunque vengan todos ¡untos.»
Pero no aguardaron más,
y se apiaron en montón.
Como a perro cimarrón
me rodiaron entre tantos;
yo me encomendé a los santos,
y eché mano a mi facón.
Y ya vide el fogonazo
de un tiro de garabina;
mas quiso le suerte indina
de aquel maula, que me errase,
y ay no más lo levantase,
lo mesmo que una sardina.
A otro que estaba apurao
acomodando una bola,
le hice una dentrada sola
y le hice sentir el fierro,
y ya salió como el perro
cuando le pisan la cola.
Era tanta la aflición
y la angurria que tenían,
que tuitos se me venían
donde yo los esperaba:
uno al otro se estorbaba
y con las ganas no vían.
Dos de ellos, que traiban sables,
más garifos y resueltos,
en las hilachas envueltos
enfrente se me pararon,
y a un tiempo me atrepellaron
lo mesmo que perros sueltos.
Me fui reculando en falso
y el poncho adelante eché,
y en cuanto le puso el pie
uno medio chapetón,
de pronto le di el tirón
y de espaldas lo largué.
Al verse sin compañero
el otro se sofrenó;
entonces le dentré yo,
sin dejarlo resollar,
pero ya empezó a aflojar
y a la pun...ta disparó.
Uno que en una tacuara
había atao una tigera,
se vino como si fuera
palenque de atar terneros;
pero en dos tiros certeros
salió aullando campo ajuera.
Por suerte en aquel momento
venía coloriando el alba,
y yo dije: «Si me salva
la Virgen en este apuro,
en adelante le juro
ser más güeno que una malba.»
Pegué un brinco y entre todos
sin miedo me entreveré;
echo ovillo me quedé
y ya me cargó una yunta,
y por el suelo la punta
de mi facón les jugué.
El más engolosinao
se me apio con un hachazo,
se lo quité con el brazo,
de no, me mata los piojos;
y antes de que diera un paso
le eché tierra en los dos ojos.
Y mientras se sacudía
refregándose la vista,
yo me le fui como lista,
y ay no más me le afirmé
diciéndole: •—«Dios te asista.»
Y de un revés lo voltié.
Pero en ese punto mesmo
sentí que por las costillas
un sable me hacía cosquillas,
y la sangre se me heló:
desde ese momento yo
me salí de mis casillas.
Di para atrás unos pasos
hasta que pude hacer pie;
por delante me lo eché
de punta y tajos a un criollo,
metió la pata en un oyó,
y yo al oyó lo mandé.
Tal vez en el corazón
lo tocó un santo bendito
a un gaucho, que pegó el grito.
Y dijo: «Cruz no consiente
que se cometa el delito
de matar ansí un valiente.»
Y ay no más se me aparió,
dentrándole a la partida:
yo les hice otra envestida,
pues entre dos era robo;
y el Cruz era como lobo
que defiende su guarida.
Uno despachó al infierno
de dos que lo atrepellaron;
los demás remoliniaron,
pues íbamos a la fija,
y a poco andar dispararon
lo mesmo que sabandija.
Ay quedaban largo a largo
los que estiraron la jeta;
otro iva como maleta,
y Cruz, de atrás, les decía:
—«Que venga otra polecía
a llevarlos en carreta.»
Yo junté las osamentas,
me hinqué y les recé un bendito;
hice una cruz de un palito
y pedí a mi Dios clemente
me perdonara el delito
de haber muerto tanta gente.
Dejamos amontanaos
a los pobres que murieron;
no sé si los recogieron,
porque nos fimos a un rancho,
o si tal vez los caranchos
ay no más se los comieron.
Lo agarramos mano a mano
entre los dos al porrón;
en semejante ocasión
un trago a cualquiera encanta,
y Cruz no era remolón
ni pijotiaba garganta.
Calentamos los gargueros
y nos largamos muy tiesos,
siguiendo siempre los besos
al pichel, y, por más señas,
íbamos como sigüeñas,
estirando los pescuezos.
—«Yo me voy —le dije—, amigo,
donde la suerte me lleve,
y si es que alguno se atreve
a ponerse en mi camino,
yo seguiré mi destino,
que el hombre hace lo que debe.
Soy un gaucho desgraciado,
no tengo donde ampararme,
ni un palo donde rascarme,
ni un árbol que me cubije;
pero ni aun esto me aflige,
porque yo sé manejarme.
Antes de cair al servicio
tenía familia y hacienda;
cuando volví, ni la prenda
me la habían dejao ya.
Dios sabe en lo que vendrá
a parar esta contienda.»
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