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De su querido no advierte
el mortal abatimiento,
ni cree se atreva la muerte
a sofocar el aliento
que hace vivir a los dos;
porque de su llama intensa
es la vida tan inmensa,
que a la muerte vencería,
y en sí eficacia tendría
para animar como Dios.
El amor es fe inspirada
es religión arraigada,
en lo íntimo de la vida.
Fuente inagotable, henchida
de esperanza, su anhelar
no halla obstáculo invencible
hasta conseguir victoria;
si se estrella en lo imposible,
gozoso vuela a la gloria
su heroica palma a buscar.
María no desespera,
porque su ahinco procura
para lo que ama, ventura;
y al infortunio supera
su imperiosa voluntad.
Mañana, -el grito constante
de su corazón amante
la dice:- mañana el cielo
hará cesar tu desvelo,
la nueva luz esperad.
La noche cubierta, en tanto,
camina en densa tiniebla,
y en el abismo de espanto,
que aquellos páramos puebla,
ambos perdidos se ven.
Parda, rojiza, radiosa
una faja luminosa
forma horizonte no lejos;
sus amarillos reflejos
en lo oscuro hacen vaivén.
La llanura arder parece,
y que con el viento crece,
se encrespa, aviva y derrama
el resplandor y la llama
en el mar de lobreguez.
Aquel fuego colorado,
en tinieblas engolfado,
cuyo esplendor vaga horrendo,
era trasunto estupendo
de la inferna terriblez.
Brián, recostado en la yerba
como ajeno de sentido,
nada ve. Ella un ruido
oye; pero sólo observa
la negra desolación,
o las sombrías visiones
que engendran las turbaciones
de su espíritu. ¡Cuan larga
aquella noche y amarga
sería a su corazón!
Miró a su amante. Espantoso,
un bramido cavernoso
la hizo temblar, resonando:
era el tigre, que buscando
pasto a su saña feroz
en los densos matorrales,
nuevos presagios fatales
al infortunio traía.
En silencio, echó María
mano a su puñal, veloz. |